viernes, 26 de abril de 2013

Berlín, desde el otro lado


A Berlín la definía como una feria a medio construir: aún le faltaban los mejores tiovivos, el túnel del miedo y el de la risa. Pero en verdad era un lugar ecléctico, el espacio del universo en que había más McDonalds por kilómetro cuadrado según anunciaban las vallas publicitarias y donde a cualquier hora del día se podía paladear codillo con col agria y disfrutar música anglosajona, el consabido chirri chirri de los nuevos locales ubicados en la antigua zona rusa. Claro que también había muchas librerías y tiendas especializadas en músicas de los lugares más exóticos del mundo. Nadie quería desvelar el rincón en que Hitler construyó su búnker, tan malos recuerdos debían ser sepultados para siempre y el visitante nunca debía pretender rememorarlos, pero la explanada de sus mítines conservaba su siniestro poderío. El sector oriental, peor acicalado, ofertaba alquileres más baratos y promocionaba locales de copas. La Isla de los Museos atesoraba restos de la antigua Babilonia y la Puerta de Brandeburgo permanecía escondida por andamios de restauración con el patrocinio de un banco, sobre los adoquines habían pintado el trazado del Muro con sus precisos zigzags y pululaban recordatorios de quienes murieron por cruzarlo. A través de los bulevares de los tilos -Unter den Linde- circular por donde desfilaban las juventudes nazis representaba un ejercicio sosegado y placentero, con la gente cumpliendo las señales y cediendo el paso sin malos modos.
                -Eres un pervertido –dijo cuando se lo propuso por primera vez.
                El, en cambio, aseguraba que no tenía nada de raro. Le trajo revistas, le mostró los sitios de internet donde lo anunciaban. Todo el mundo pretendía renovar sus experiencias con mucha discreción. ¿Y qué es la vida –le escribió en un poema- sino un frenesí, una locura pasajera, un tránsito hacia el vacío? Vivimos una era de prisa y urge actuar ahora, pensar después. O nunca. Puede que el mañana sea demasiado tarde. Disfruta la intensidad del momento.
                -De acuerdo –aseguró al cabo de unos días.

                Por eso fueron a la agencia de viajes y sacaron billete para la gran fiesta con que recibirían el milenio en el paseo que va desde el monumento de la Victoria hasta la Alexanderplatz.
                Así que con unos cubatas huyeron de los cero grados y se metieron en Charlottenburg, el barrio de los norteamericanos donde las boutiques son tan lujosas como en París. Los bares gays y los clubs de intercambio los llamaban en todas las esquinas con su derroche de pedrerías, lentejuelas, brocados, ligueros y bragas alusivas a la gran renovación. Precisamente en uno de esos locales, el Zwielicht, celebraron a media luz la llegada del 2000. Como decía el cartelito de entrada “Todo puede ser, nada tiene que ser.” Del vestidor al bar había camino suficiente para ver y ser visto, participar o simplemente observar. Habitaciones reservadas y cuartos de espejos para que cualquiera pudiese contemplar cuanto le viniese en gana respetando unas pocas reglas: no insistir si recibes una negativa, no besar en la boca, llevar preservativo.
                Primero curiosearon la infinita variedad de argollas para los labios vaginales, para los pezones, la base del pene y del glande. Cerca un tipo gigantón se intentaba ganar a una paquistaní dulce y flexible como la flor de loto, docenas de cuerpos a punto de entrelazarse sin conciencia del pecado original. Pero quizá por la vergüenza o la inhibición del alcohol ni ella ni él disfrutaron el encuentro. Era como si acabaran de ponerse una ropa que les apretara mucho, o que les quedase demasiado holgada. Tal vez debían habérselo montado en el hotel, alquilando a un chico bisexual o una lesbiana. Por ahora la infidelidad en grupo era una falsa expectativa.
                Para colmo, a la salida empezó a nevar. El había extraviado la bufanda, y no había un solo taxi a la vista. Se sintió tan petulante y ridículo que arrastró a su mujer a la primera iglesia que encontraron abierta, y de inmediato las fugas de Bach serenaron su mente. Entonces se dijo que del año nuevo no pasaba: le resultaba imprescindible llevar más allá sus sensaciones y hacerlo sin claudicar; por eso ya tenía ahorrado lo suficiente, un capitalito bien administrado.
                Lucharía con todas sus fuerzas para cruzar la frontera, no la impresionarían las barreras ni las alambradas ni los puestos de control; haría el viaje aunque tuviese que dejar mucho en el intento. Sí: guiarse por las tentaciones de un paraíso prometido tras un cambio de sexo que no dejara secuelas y al fin le permitiese ver la vida desde el otro lado.
(De “¡Mamá, yo quiero un piercing!”, relatos) 

3 comentarios:

  1. Los muros siempre terminan por caer, algunos tardan más que otros, pero terminan cayendo.

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  2. Berlin, Beerlin, como todas las grandes ciudades del mundo no la reconoceremos dentro de unos años.
    Todo está cambiando: los Aeropuertos, las grandes Avenidas, la Estación Central..

    Buen finde para todos.

    blog-rosariovalcarcel.blogspot.com

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  3. Que bien te hace Rosario para introducir ese erotismo literario que gusta leer.

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